«Hasta los cuarenta años, solía clasificar los libros en dos categorías: los libros de arquitectura y el resto de los libros. Más tarde me di cuenta de que la primera categoría trataba básicamente de la arquitectura en cuanto a formalismo estilizado, mientras la segunda consideraba las ciudades, los edificios y los entornos como parte integral de la vida y del carácter humano. En los últimos treinta años he pasado a considerar todos los libros como libros de arquitectura, porque todas las situaciones, historias, ficciones, acciones y pensamientos están situados en entornos hechos de construcciones y artefactos humanos. Nuestras construcciones espaciales, materiales y mentales ofrecen un horizonte fundamental de comprensión. Leo poesía, escucho música, miro cuadros o veo películas en cuanto que proposiciones arquitectónicas en potencia.»

-Juhani Pallasmaa (“An Architectural Confession”)

 

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borrador de carta (en el café)

Pienso en ti, a menudo

de vez en cuando vuelvo a un café, me siento cerca de la puerta, pido una café

sobre el velador de mármol de imitación coloco cuidadosamente mi paquete de cigarrillos, una caja de cerillas, un bloc, mi rotulador

estoy removiendo un rato la cucharilla en la taza de café

(sin embargo no echo azúcar al café, me lo bebo dejando que el azúcar se funda en la boca, como la gente del norte, como los rusos y los polacos cuando beben té)

Hago como si estuviera preocupado, como si reflexionara, como si tuviera que tomar una decisión

En la parte de arriba y a la derecha de la hoja de papel pongo la fecha, a veces el lugar, otras veces la hora, hago como que escribo una carta

escribo lentamente, muy lentamente, lo más lentamente posible, trazo, dibujo la letra, cada acento, verifico los signos de puntuación

miro atentamente un cartelito, las tarifas de los helados y pastelillos, un herraje, una persiana, el cenicero amarillo, hexagonal (de hecho se trata de un triángulo equilátero, en cuyos ángulos cortados se han hecho las depresiones en semicírculo donde pueden colocarse los cigarrillos)

Fuera brilla un poco el sol

el café está casi vacío

dos revocadores de fachadas beben un ron en la barra, el dueño dormita detrás de la caja, la camarera limpia la cafetera

pienso en ti

vas andando por la calle, es invierno, levantas el cuello de tu abrigo de lobo, estás sonriente y lejana

(…)

“Especies de espacios” (Georges Perec)

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fitter, happier, más productivo.

Lleva una libreta a todas partes. Bebe café. Haz listas. Canta en la ducha. Practica, practica, practica. Haz descansos. No te rindas. Rodéate de gente creativa. Contrasta opiniones. Deja de darte palizas. Escucha música nueva. Sé abierto. Aléjate del ordenador. Prueba la escritura libre. Colabora. Arriésgate. No tires la toalla. Lee una página del diccionario.

Sé feliz. No intentes ser perfecto. No lo fuerces. Limpia tu lugar de trabajo. Escribe con estilográfica. Usa tinta negra. Dibuja. Pinta. Colorea. Explícalo. Haz bocetos. Vuélvelo a explicar. No lo intentes, hazlo. Termina algo. No te pares en una forma. Adáptate y construye la tuya propia. Déjala crecer. Vacía tu mente. Sé amorfo. Pon agua en una taza. Pon agua en una botella. Pon agua en una tetera. Be water, my friend.

Más en forma, más feliz, más productivo. Cómodo. No bebas demasiado. Haz ejercicio tres días a la semana. Come bien. No más cenas de microondas. No más grasas saturadas. Duerme bien. No tengas malos sueños. Sé un conductor paciente. Mira películas antiguas. Lee a los clásicos. Publica con regularidad. Responde a tus adeptos. No etiquetes. No tengas prejuicios. Defínete bien. Crea confusión.

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la creatividad perdida

Si vuelvo, es por simple obligación. Si no lo entiendes, tómatelo como uno de esos momentos peliculeros en los que el noble protagonista se ve forzado a enfrentarse a sus más temidas fobias. Digamos que todo está bien hasta el momento en que deja de estarlo. Ese momento que te hace pararte a pensar, que ensancha tu campo de visión existencial y a su vez, te hace plantearte si todo estaba realmente bien hasta entonces. El sentido de las cosas es relativo, y hasta cierto punto irrelevante. ‘Show must go on’. Yo añado que ‘it always does, no matter how’.

Te levantas un día por la mañana con la cabeza a punto de explotar. El mundo entero está comenzando a tomar una extraña curvatura alrededor de la cual los cuerpos comienzan a perder sus propiedades físicas y químicas. El universo se pliega sobre sí mismo, resquebrajándose poco a poco en derredor del agujero negro que antes era tu cabeza. La palabrería barata se consume poco a poco en la hoguera. No crees en los extraños. La magia empieza a rebosar sobre un contenedor repleto. La oscuridad se cierne sobre la tierra. Lo que podría no haber sido real ahora lo es. Lo que llaman real está dejando de serlo. Confusión a raudales, contoneándose con un titubeante temblor. Enfermizo, temeroso, irreal. Ya no hay canciones. Ya no hay tímidas metáforas. No corren ríos de tintas,  ni sonrisas compartidas, ni lágrimas.

El día a día se engalana para poder prostituirse a la postre. Mientras haya movimiento, el precio es lo de menos. Las paredes siguen acercándose la una contra la otra, cada día más próximas. Y mientras tanto, el mundo ahí fuera sigue plegándose sobre sí mismo. Deshaciéndose en mil pedazos que giran presos alrededor del mismo ojo de tornado. Pero aún así y con todo, me importa una mierda la acidez de unas palabras que son mordaces pero insinceras, salvajemente viscerales y que hacen y deshacen por igual. Una culpa no compartida que da para algo más que lanzar platos imaginarios contra una pared de palabras. Un desahogo cruel y lascivo que termina donde empieza.

En busca de la creatividad perdida. Cuéntame un cuento, por favor.

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visita al espacio

La mítica idea tonta: “¡ey! ¿por qué no hacemos una canción? Será divertido”. Por supuesto que es divertido. Si te gusta tocar algún instrumento o simplemente cantar, te lo puedes pasar pipa durante horas. Un par de acordes con los colegas y listo, ya tienes una canción de lo más rockera. Además, viendo lo que hay por ahí suelto está más que claro que no hace falta ser un genio de la música para componer una canción (hoy en día hasta a Bisbal le dejan tocar en el Royal Albert Hall).

El problema viene cuando quieres ponerle algo de letra y que tenga algo de sentido. Todos estamos hartos de escuchar canciones ñoñas por la radio y yo, personalmente, si tuviera que hacer una canción me gustaría que contara algo más profundo que “Ay, por qué me has dejado nena”. Pero no todos tenemos la capacidad de expresión del señor Dylan, y las palabras pueden atragantarse más de lo que nos gustaría. Os aseguro que si fuera fácil yo ya estaría por ahí de gira con Bono.

Me gusta pensar que este es el mismo razonamiento que siguió el señor Elton John allá a principio de los setenta mientras tocaba los acordes de su nuevo tema con su amigo Bernie Taupin. Seguramente en ese momento salió en la tele algo relacionado con el Apolo 11. Al bueno de Elton no se le ocurrió otra cosa que imaginarse subiendo en una de esas máquinas futuristas dirigiéndose al espacio. Entonces compuso una mininarración bastante insulsa sobre un hombre que deja a su familia para jugar a la Guerra de las Galaxias. Hasta buscar retorcidas metáforas que le aporten algo de picante se antoja complicado. Menos mal que, como todos sabemos, todo suena mejor en inglés.

Las malas lenguas se esfuerzan mucho en acordarse de Sapace Oddity cada vez que escuchan esta canción. El parecido es razonable y, casualmente, la canción del señor Bowie vio la luz 3 años antes (en 1969, Rocketman en 1972), pero de eso mejor hablamos otro día.

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el arte de hacerse el interesante

Aretha se deja la voz mientras el café se enfría. Llevas dos días aprendiéndote una canción de Chopin que te supera. Pero  te la aprenderás igualmente, porque es tu nueva obsesión. Otro más de esos divertidos y controladores pasatiempos que te permites. Mola y lo sabes. Siempre tenaz, aunque te digan cabezota. Eres interesante aunque ellos no lo sepan. No todos.

Leer para escribir y viceversa. Vivir para contar o al revés, qué más da. El orden y el sentido, pointless. Cada día más inglés, cada día con más personalidad, más lejos quizá. Carisma y don de gentes, mi locura transitoria. Cosas sin sentido que se alborotan. Se retuercen y revolotean buscando su sitio. En la cabeza, por supuesto. Escapando del hemisferio izquierdo al derecho, y por la ruta 66, nada menos.

En el fondo me gusta estar solo. Creo que nadie más me entiende. Y a veces ni eso. Todavía no converso con Zaratustra pero poco me queda. Creo que estoy más cerca que nunca de vivir mi propio Nirvana. Acabo de verlo un poco más claro. Las palabras del señor Grohl parecen tener sentido. Él lo hizo una vez. Y luego lo repitió. Puede no ser el mejor, pero es él. Igual que yo soy yo. Primer punto. Porque sí y nada más. Creo que yo quiero lo mismo. O parecido. El concepto es lo que me interesa. Primero el “y nadie me dijo lo que tenía que hacer”, pero sobre todo, el “y nunca nadie más me dirá lo que tengo que hacer”. Y a partir de ahí mi primera canción, el libro, la peli, los dibujos tuertos, los fans ganados y perdidos, los que volveré a ganar, la casa perfecta, el trabajo que deslumbrará a los demás. Una y otra vez. Porque lo que se hizo una vez se puede repetir.

“Apagar” o “extinguir”, ese es el concepto que nos trajo el señor Schopenhauer. Y yo me alejo para ver mejor. Y lo que veo es que quizá no haya tanto que perder perdiendo. Y que quizá tanto miedo sea estúpido. Estoy viendo que, en realidad, nada vale tanto la pena. Me sorprendo diciéndome que lo que tienes y de verdad importa, va a seguir ahí hagas la estupidez que hagas. Y que las cosas que no tienes no las vas a perder. Con eso puedes estar tranquilo.

Veo que el opio de Carlos no es tanto la deidad, sino la esperanza que esta representa. Y así dejo caer uno de los pilares de la existencia humana. No tan cerca de la estupidez, aunque sí bastante arriba. Pero de buen humor. Hoy el señor Maslow tiene menos razón que otros días (meses (años)). Yo me lo creo porque cada nuevo día soy menos yo, pero un poco más mío. Más y mejor. Cada día tomando una nueva medida para mi terno de tweed, y ya él se va tejiendo solo. Siempre con estilo, like a Rolling Stone.

(escrito originalmente allá por el 2013)

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mi puto mundo

Escapando del atropellado ritmo de la vida, del infortunio de la sociedad, de los torpes existencialismos fallidos. Escapando de la manipulación pasiva de un naufragio urbano, del día a día. Me he fugado sin remedio. Me he ido para no volver. Por fin apartado del resto del mundo en mi remanso de paz. Una realidad paralela. Aquí se ha prohibido la realidad. La única norma es que la realidad está prohibida. Igual es cierto que la realidad existe en la mente humana y en ningún otro lugar. Si lo decía el señor Orwell por algo será.

En mi puto mundo, que es pequeño, mando yo. Los desahogos espirituales están a la orden del día. El puntillismo sesudo de mis pensamientos aquí no molesta. Saco la lupa cuando me place y la educación ya no interfiere en mi aprendizaje. Aquí es posible escapar de la cárcel de la ignorancia. Las citas de Paulo Coelho se han vuelto evitables. Ya nadie me mira mal por llevar mis gafapastas sin cristales. Las frases lapidarias están escritas en los árboles. La banda sonora diaria es el lisonjero caminar de unos tacones. El gran spoiler de los Reyes Magos no es necesario. Molar con ganas es y está de moda. Lo estúpido sigue teniendo un encanto especial. En mi puto mundo fumar tampoco es bueno, no lo vamos a discutir a estas alturas de la película. Pero, como todo, tiene su toque. Es mi forma de faltarle al respeto a la muerte. Que vea que hay algo más de este lado del río. La calidad editorial me la paso por el forro, como la gente común con los semáforos en rojo. He ahí lo verdaderamente cotidiano. El blues sigue siendo lo que más mola y las guitarras siguen siendo respetadas.

En este extraño lugar, la red social más utilizada es la vida. Nuestros followers son de carne y hueso y su avatar es de verdad. Irse de cañas con ellos vale más que un retuit y las modas no son obligatorias. El fútbol sigue siendo sólo un juego. Los telediarios no son una excusa para escuchar las desgracias ajenas. No se usan los paraguas. No hay colas. Puedo permitirme olvidarme de las películas para volver a disfrutarlas una y otra vez. El miedo al rechazo ya no es un impedimento para ligar. Madrugar es voluntario y trasnochar aconsejable. Tenemos vacuna contra la nomofobia. Ni pican las abejas ni el agua está fría jamás. El sexo no es tabú ni la poesía se esconde en las estanterías. Jamás te despertará un camión de la basura. Ningún cajero automático te volverá a insultar. Lo voluntario no lo dictan los demás. Aquí no se cobran las bolsas de plástico. Ni se prohíben los versos satánicos ni se alarga la broma infinita. La belleza sigue siendo deseable, pero ha dejado de ser exigible. Todos los días sale el arcoíris de la gravedad. Aquí no hay lágrimas de rímel. Mi puto mundo mola más.

Un sabio decía que la mayoría de la gente muere de una indigestión de sentido común y descubre cuando ya es demasiado tarde que lo único que nunca lamentamos son nuestros errores. Lo apuntillaba diciendo que en los días que corren la gente sabe el precio de todo y el valor de nada. Siglo y medio después sigue siendo actual. Tú también puedes dejar de ser preso de tus prejuicios. Que yo tampoco sé vivir y estoy improvisando.

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la fábrica de sueños

Un año más arranca la fábrica de sueños. Un nuevo curso empieza a rodar. Cada día llega antes la noche, con más fuerza sopla el viento. El mar comienza a inquietarse a las afueras del puerto mientras caen las primeras hojas en la Alameda. Parece que el Sol se va apagando poco a poco al tiempo que las gentes se comienzan a inquietar. Ya están en marcha las primeras empresas. Todos los negocios funcionan ya con puntualidad.

Los últimos años han sido complicados. Se han ido sucediendo diversos y desafortunados acontecimientos. El trabajo se ha ido complicando hasta límites antes insospechados. Muy atrás quedan los años de tranquilidad. Qué recuerdos de aquellos años por estas mismas fechas. Pero este todo va a cambiar. Todo va ser diferente, o al menos así lo parece.

Entre estos y otros pensamientos amanecía el señor Anaximandro. La caminata del paseo le da los buenos días como todas las mañanas. Podría ir en coche, pero le encanta el olor a mar, el contemplar la ensenada en todo su esplendor día tras día. Apenas ha salido el Sol detrás de la ciudad. El mar bate con fuerza a lo largo de la playa acompañado de una suave brisa. Las gaviotas se aprovechan, planeando por encima de los primeros barcos que salen a pescar. No  es uno de esos días que se saben calurosos antes de empezar, pero el cielo está despejado y parece que el día va a ser agradable.

El estudio está vacío. Todavía no ha llegado el personal. Es natural pues aún es temprano. El despacho está como había quedado el viernes pasado. Las estanterías que cubren todas las paredes han cuidado bien de los miles de libros que colorean la enorme estancia. Todo lo demás reluce en su blancura reflejando la luz que comienza a entrar por el enorme paño acristalado. El gran piano de cola sigue en su rincón, dispuesto para ayudar a su dueño a encontrar la inspiración. Este atraviesa la sala esquivando las numerosas maquetas esparcidas por el suelo. En la larga mesa rodeada de sillas nada más que los planos de siempre, entremezclados con alguna partitura perdida.

Todavía no ha llegado el nuevo encargo, así que hasta que llegue la gente hay tiempo para reposar el desayuno. Mientras un expreso se hace en la máquina de café, dos palmadas en el aire hacen que comience a sonar la música en todo el local. Se recuesta en una de las butacas de diseño que se encaran junto al gran ventanal mientras un joven Rod Steward rockanrolea de fondo.

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con dos

Bueno, no me gustan los hospitales. Ya está. Tenía que decirlo. Quizá no sea una gran revelación, pero en estas circunstancias se hace obligado decirlo. O al menos pensarlo. Me dejo llevar por la parrafada mental que voy produciendo mientras camino, pero sobre todo maldigo una y otra vez la hora en la que decidí meterme en este puto lugar. El hecho de que lo decidiera por mí o no, no cambia demasiado mi situación. Sólo para poder entrar me he dejado un saco entero de balas y de aquí en adelante tendré que apañarme con dos. Cojones no me faltan.

Si alguien me preguntara, le diría que yo no tengo ninguna fobia, pero la penumbra tampoco es algo que me encante. No me extraña que los niños le tengan miedo a la oscuridad. El miedo a lo desconocido es algo más viejo que la propia humanidad. Incluso más humano si me apuras. Y la penumbra es una gran putada. Cuando te estás jugando la vida, lo que menos te apetece es quedarte sin campo de visión. Y ahora mismo ese es mi caso. Los pocos halógenos que todavía cuelgan del techo no paran de parpadear. Su luz se proyecta por los pasillos acentuando las siluetas de los escombros. Todo se mueve sin dejar de estar quieto. No pinta nada bien.

Las estancias se suceden una tras otra. Quiero terminar rápido el trabajo y lo último que quiero es quedarme parado en este extraño lugar. La vulnerabilidad no va conmigo. Quiero pensar que cada vez estoy más cerca. Cada vez aprieto más con mi puño la destartalada pistola que me dejó el viejo Chimpi. Y cuando digo que me dejó, me refiero al propio Chimpi. El muy hijo de puta salió corriendo por patas en cuanto oyó el primer disparo. Me dejó allí tirado a mi suerte para que me dejaran como un coladero. Así que no pude más que alegrarme cuando se clavó la esquina de aquel bolardo en la cabeza tras tropezarse con un escalón. Una muerte de lo más estúpida en el más épico de los escenarios. Me alegro, porque se lo merecía el muy cabrón. Sé que no suena elegante, pero es así. Así que me quedé con su vieja pistola. La misma que hoy me está salvando el culo y a la que me agarro con fuerza aún sabiendo que sólo contiene dos balas. Dos pequeños botes salvavidas con los que pienso mandar al otro barrio a algún otro hijo de puta de los que rondan por este puto lugar.

¡Joder, qué tensión! Perdón por lo soez que es hoy mi vocabulario, pero es que este lugar es un puto infierno. Son ya tres horas de misión y estoy a punto de conseguir el último objetivo. He conseguido abrirme camino hasta la base enemiga y, una vez aquí, no pienso detenerme hasta lograrlo. No creo que sean conscientes de cual es mi posición, pero es inevitable que alguien haya notado algo extraño, así que no está de más extremar las precauciones.

A lo lejos veo al primer enemigo, un engendro de más de dos metros con un simpático tupé de soldado ruso de peli de los ochenta. Parece que no me ha visto así que me aproximo más. Me cuelo por lo que hace tiempo fue un quirófano evitando los pasillos. Me parece que ese es el sitio más lógico para colocar a los vigilantes, así que lo evito. Desde aquí podré escurrirme hasta el final de esta sección sin ser visto y, además, tengo una línea de visión clara a través del vidrio ése que se suele dejar para que las visitas miren a sus parientes sin llenar de gérmenes la zona perfectamente desinfectada de los convalecientes. Me asomo con cautela y veo que enfrente al engendro hay otro rubio balanceándose con impaciencia en una silla de plástico, supongo que sacada de una sala de espera. Es la situación soñada. Después de la odisea que he pasado para llegar hasta aquí, esto será pan comido. No tengo más que aproximarme al engendro desde su espalda, con mucho sigilo, y cuando esté a mi alcance clavarle mi cuchillo reglamentario bien hondo. Lo hundiré hasta la empuñadura en sus músculos mientras le enchufo una bala entre ceja y ceja al mono de la silla. Algo limpio y rápido. Sin demasiado riesgo y que además me dejará otra bala por si acaso, que nunca se sabe.

Tras una larga respiración me dispongo a abalanzarme sobre mi objetivo. Talono con la mirada y doy el salto de rigor agarrando con fuerza el puñal y armando el brazo de la pistola en dirección opuesta. En un movimiento rápido alcanzo el primer objetivo. A penas se da cuenta de mi presencia unas milésimas de segundo antes de sentir el frío acero introducirse en su cuerpo. Se tambalea bruscamente anticipando su derrumbamiento contra las baldosas mientras yo hago un giro rápido con el cuerpo. El otro individuo obviamente se ha percatado de mi presencia y ha armado con gran celeridad la escopeta recortada que reposaba sobre sus manos segundos antes. Gracias a mis grandes reflejos consigo zafarme de su ofensiva con una ágil pirueta digna Bruce Lee en sus mejores años y aprieto con fuerza el gatillo sin que me de tiempo a pensar un buen chascarrillo. James Bond lo habría rematado con mucha más gracia. La verdad es que el tío las clava. Es genial eso de cargarse a alguien mientras sueltas un comentario simpático en alto aunque sepas que estás tú solo. Y ya eso de acomodarse el nudo de la corbata mientras lanzas al horizonte tu mirada más sexy acaba de enmarcar un momentazo.

Pero no es momento de recordar las andadas de el agente 007. ¡Céntrate coño! Qué idea más absurda ponerse a pensar en chistes en un momento como este. En la tensión del momento no me he dado cuenta de que mientras gestaba la gran maniobra otro individuo armado hasta los dientes había aparecido entre las sombras. Para cuando me percato de su presencia ya he oído cuatro veces el sonido de la pólvora explotando dentro de su cañón. Y para mi desgracia ninguna de ellas ha fallado. Vaya puntería que tiene el muy cabrón. Yo creo que por lo menos habría fallado uno de los disparos. Pero él ha acertado y me ha matado ¡Me ha matado! ¡El muy hijo de puta me ha matado! ¿Como es posible que me haya matado? ¡Joder! Otra vez, ¡me ha matado otra vez! Y sólo hoy ya es la tercera vez que me mata el mismo paisano. Estoy hasta los cojones de él. Siempre me olvido de que aparece por allí y para cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde. Hay que ver cómo se mueve el tío. Es que ni me ha dado tiempo a guardar la partida. Hay que reconocer que en esta dificultad se me está haciendo bastante complicado volver a pasarme este juego. Pero bueno, creo que por hoy ya llegó, que fijo que mi madre ya tiene la cena hecha. A ver si me hoy me deja levantarme un poco antes de la mesa y así echo otra partida antes de irme para cama.

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lo curioso del retorno

Recién llegado arrastro mi maleta. El pesado sonido de mis botas resuena en la oscuridad. El cielo amenaza tan violentamente que las calles están completamente vacías. Acabo de perder el bus que siempre me lleva del tren al palacio. No me queda otra que tomar algún bus desconocido que me pueda dejar más o menos cerca de mi destino. Al fin y al cabo, no tengo más que esperar en la parada de siempre. Todo es igual que cualquier otro domingo en la marquesina de siempre. Bueno, todo menos la marquesina, que ya no está. Me da la impresión de que me encuentro en el escenario de uno de esos sueños tan reales en los que la imaginación cambia caprichosamente algún detalle de la realidad.

Entre tanto, un ritmo de tacones rompe el silencio caminando calle arriba. Se trata de una señora de edad avanzada. Probablemente 70 o casi, pero es una de esas señoras que transmite juventud. Camina con seguridad mientras ondea su largo abrigo negro. Pantalón de corte recto y una blusa blanca terminan de acompañar a una colorida corbata anudada con atino. Un nudo windsor quizá. No deja de mirarme desde lejos hasta que al llegar a mi altura se detiene clavándome sus azules ojos en los míos. Es como si ya me conociera de antes. Rompe el silencio:

– A quién se le ocurre quitar la marquesina, ¿qué vamos a hacer cuando llueva? – y me sonríe ampliamente como esperando una respuesta.

– Cierto, como llueva a ver dónde nos metemos… – le digo sin pensar demasiado.

No me suele gustar hablar con desconocidos cuando estoy esperando por algo pero parece que ella espera el mismo bus y voy a tener que ser amable hasta que este llegue.

–Eres estudiante ¿verdad? ¿eres de aquí? – Me pregunta sin dejar de sonreír. Me pilla por sorpresa tanta conversación.

– Soy de aquí… quiero decir… no, no soy de aquí pero vivo aquí. Y sí, soy estudiante. De Champiviejo. – Respondo un poco desconcertado. No veo qué interés puede tener en mí.

– ¡Ah, Champiviejo! ¡Bella tierra Champiviejo! Yo he trabajado muchos años allí. Era auxiliar de vuelo. Viví muchos años en Camatino. Allí conocí a muchos hombres – y se ríe con una sonrisa pícara. – Viajé mucho. Me he recorrido todo el mundo. He visto las cosas más preciosas del planeta y conocido a gente increíble.

En un momento me resume toda su vida. Una narración concisa y precisa con la que consigue detallar mil y una cosas en un solo momento. Yo no doy crédito a lo que están viendo mis ojos. Esta extraña señora acaba de abrirme su alma de par en par. Acaba de contarme sus temores e inquietudes, las cosas que ha vivido y las que le quedan por vivir. Ahora sí que definitivamente ya no sé si estoy viviendo la realidad. Estoy que no salgo de mi asombro. Es algo totalmente surrealista. Estoy cansado después de un largo y agotador viaje y no se me ocurre ni qué contestarle. Entonces termina su relato y me desea suerte para el futuro. Con la misma sonrisa que llegó se despide de mí. Sus tacones acompañan su marcha del mismo modo que cuando llegó.

No hay nadie más en la calle y me quedo solo tras su ausencia. Todo parece más oscuro de lo normal. Debe de haberse estropeado alguna farola cercana. Siguiendo a mi sorpresa aparece el bus iluminando con sus faros toda la calle desde lo lejos. También lleva encendidas las luces interiores. Son unos de esos tubos que dan una fría luz azulada que me hace pensar en un hospital psiquiátrico. La escena es bastante tétrica. Se detiene ante mí y abre su puerta. Entro con la maleta, la mochila del ordenador y mi gran carpeta bajo el brazo. El conductor tiene cara de pocos amigos y no me saluda al entrar. Pago con la tarjeta mientras arranca y me dirijo a buscar sitio. Pero no hay mucho que buscar, ¡está vacío! Completamente vacío. No me explico cómo un bus a estas horas y que ya está en la mitad de su ruta puede estar vacío. No me lo creo. Tengo que escribir todo esto que me acaba de suceder antes de que me olvide, así que saco el móvil y creo una nota. En cuanto vea a alguien tengo que contárselo porque es la única forma de que pueda llegar a creerme que todo esto ha sido real.

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